Justificación. Fundamento y estilo de nuestros cursos.
Nuestra inteligencia es lingüística, nuestra convivencia es lingüística y la recepción de la cultura es lingüística. El lenguaje nos constituye como personas con personalidad. Estamos hechos de palabras, pensamos con palabras, sentimos con palabras, sin palabras no podemos entendernos a nosotros mismo y a los demás. Tal como hablamos, así somos. Toda formación es formación oral. Por eso, un vocabulario amplio y bien usado resulta imprescindible para poder pensar y para poder saber.
La Oratoria es mucho más que una habilidad social, es un proceso de transformación de la personalidad, es un ideal educativo. Tiene que ver con la exposición conveniente y convincente delos argumentos y hay que aprenderla. Es el arte de cautivar y conmover con la palabra, teniendo como requisito previo que el contenido del discurso, su organización interna tenga capacidad para convencer. Hablar bien consiste en tener algo que decir, saber decirlo con las palabras justas y con la emoción apropiada y callarse enseguida. Tener algo que decir y no saber decirlo equivale a no tener nada que decir, ya que saber es saber decir. No saber decir hace inútil el conocimiento.
La Oratoria es un arte, pertenece, en mi opinión, a las Bellas Artes, porque requiere el ejercicio del entendimiento y crea belleza mediante el lenguaje. Como todo arte, tiene técnicas, que hay que estudiar con detenimiento en un buen curso: uso de la voz, el gesto, preparación y composición del discurso, conocimiento del público, cultura del orador, bases psicológicas de la Oratoria, el orador como actor.
Dejar el lenguaje al libre fluir del instinto, al ambiente es una equivocación que la sociedad lleva mucho tiempo pagando. La falta de formación retórica es un empobrecimiento de la actividad profesional y de la vida social. El escritor francés Emilio Augusto Chartier, más conocido por el seudónimo de Alain, dijo esto en una obra maestra de dos folios, titulada Saber escuchar (1913): Porque un piano esté hecho para que en él se toque la música, sería locura creer que todos los que pongan en él sus manos van a tocar bien. El lenguaje humano es como un piano: si lo hacéis sonar a puñetazos, ninguna combinación saldrá que merezca la pena de ser retenida. Realmente, lo que se dice de primer impulso, con impaciencia, con sorpresa, por movimientos del humor no tiene ningún sentido para mí.
Un buen discurso exige cultura y práctica. Viene de muy atrás en la historia la gran importancia que se reconoció siempre a la sólida formación cultural del orador. Aunque hay que tener cuidado de no confundir la cultura con nociones vecinas, aproximadas, que tienen que ver más con el adorno que con el rigor: la mera información, la espectacular erudición… La sabiduría no es extensión, sino profundidad, decía Gregorio Marañón. Convertir el cerebro en un almacén de datos no tiene que ver necesariamente con el conocimiento. La cultura es pensamiento, la conquista del pensamiento propio a partir del pensamiento ajeno. Para decir lo que se piensa, antes hay que haber pensado lo que se dice. La cultura, entonces, no consiste en repetir lo que otros han dicho, sino en aprender a pensar por nuestra cuenta y expresar con nuestro propio estilo lo que hemos pensado.
El aprendizaje de la Oratoria lleva a adquirir estilo propio, un modo personal de expresarse. Saber no es repetir, sino individualizarse mediante el conocimiento. El estilo del orador es su modo de ver el mundo y de trasladar esa visión a los demás. Y eso tiene que ver con la técnica y con la práctica, con el aprendizaje: las frases se construyen bien porque hemos dado con las palabras adecuadas; las frases suenan bien porque hemos encontrado la música adecuada. Las palabras tienen sonido, además de significado. Y con mucha frecuencia, el sonido es el requisito del sentido. Lo que dota al discurso de persuasión es la música que viene del lenguaje. Todo se ha dicho ya –sostiene, para nuestro consuelo, André Gide-, pero como nadie escucha, hay que volver a decirlo. Y hay que volver a decirlo de otra manera, con otro color, con otro calor, para que esta vez sí escuchen. En eso consiste el estilo, nuestra forma personal de expresarnos, que es lo único nuevo bajo el sol.
La originalidad de un discurso no reside, entonces, en el contenido –es muy difícil decir algo nuevo a estas alturas de la historia del mundo-, sino en la forma, en la disposición de las ideas, en la belleza, la energía y la emoción con que se transmiten. Lo que mueve a la gente, lo que hace que atienda, que escuche y cambie de opinión no es lo que se dice, sino cómo se dice. Todo se puede pensar y decir con palabras y maneras distintas y sugestivas. La argumentación no se puede separar de la ornamentación, porque si se prescinde del arte, los argumentos pierden potencia comunicativa.
Si el discurso es sólo argumentación, densidad de pensamiento y orden de las ideas, con independencia del modo de expresarlas, entonces sucede lo que con tanto acierto explicaba Stanislavsky a sus alumnos a propósito del actor y el texto dramático: la palabra procede del poeta y el subtexto procede del actor. Y si el actor no actúa adecuadamente, entonces el público se queda en su casa leyendo el texto. La gente no va a las barricadas después de leer El Capital a la vuelta del trabajo, sino cuando es electrizada por la fuerza arrebatadora del lenguaje de un líder de la revolución. Platón y Aristóteles cambiaron los modos de pensar de Atenas, pero a Catilina lo expulsó de Roma el discurso de Cicerón.
Precisamente el actor que todo buen orador lleva incorporado a su personalidad determina la parte artística del discurso, que es la pronunciación, la acción, la representación. Ella es la que mueve al público. Por eso resulta tan desafortunada la confusión entre el lenguaje oral y el escrito, de manera que los discursos se componen como si fueran artículos, ensayos o ponencias de congreso. Lo que resulta de esa mezcla son oradores por escrito, muy alejados de las exigencias de la Oratoria, sobre todo, del uso adecuado de la voz. Lo que arruina un discurso es la falta de entusiasmo, de vehemencia, de pasión, mucho más que los defectos técnicos. Lo que arruina un discurso es, ante todo, la mala interpretación.
Para mejorar los discursos de los diputados, antes hay que mejorar a los diputados. En esta afortunada observación del gran poeta y escritor malagueño Manuel Alcántara se contiene el orden de los factores de la creación retórica: el discurso va al final, es el resultado de un proceso de formación cultural y de mejoramiento de la personalidad. Enfrentarse directamente al discurso sin haber tenido la precaución de prepararse rigurosamente para componerlo, conduce a la ruina del discurso y al agotamiento del sistema nervioso del orador y de la paciencia del público.
Todos los oradores conocen por experiencia propia, por infausta experiencia, en muchas ocasiones, que la Oratoria tiene una importante carga psicológica, que es una disciplina eminentemente psicológica. Porque pone en juego las emociones del orador y las del público; porque compromete el equilibrio afectivo y la preparación cultural del orador. Muchas técnicas de control emocional se basan en el poder curativo que a la palabra se reconoce, por lo menos, desde el siglo V a.C. Ofrece poca duda que el empobrecimiento lingüístico es también un empobrecimiento psicológico.
La Oratoria no es un arte anticuado, una reliquia cultural ajena a estos tiempos en que se han impuesto la prisa y el esquema. También hoy es lingüística la estructura de la inteligencia humana. También hoy, con un lenguaje pobre y una sintaxis desharrapada y torpe se construye una personalidad pobre, desharrapada y torpe. También hoy somos sensibles a la magia de la palabra, al talento de la expresión, y un buen discurso bien dicho sigue poniendo al público en pie. Sucede, sin embargo, que la vulgaridad retórica ha hecho nido en las sociedades modernas, educadas por políticos sin mejorar y por entretenedores de colorines, en vez de por filósofos y poetas.
La Cátedra RIOMA de Oratoria quiere hacer suyo el lema del admirable Julián Marías: Por mí, que no quede.
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