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“Góngora representa la estética de la agudeza y del concepto”

Joaquín Roses es profesor Titular de Literatura Española e Hispanoamericana de la Universidad de Córdoba y uno de los principales estudiosos de la obra de Luis de Góngora (1561-1627). Recientemente ha coordinado la exposición Góngora: la estrella inextinguible, que pudo verse en la Biblioteca Nacional de España hasta el pasado 19 de agosto. Ahora la exposición llega a la ciudad natal del poeta, que es reivindicado por Roses como el más grande creador cordobés. Góngora: la estrella inextinguible, ubicada en la Sala Vimcorsa y el Centro de Arte Pepe Espaliú, se clausura el próximo 11 de noviembre.

UCOCultura inaugura así ‘Gestionario’, una sección con la que se pretende dar a conocer la opinión de aquellas personas que gestionan cultura en y para la Universidad de Córdoba.

¿Qué supone para usted coordinar una exposición como Góngora: la estrella inextinguible?

Ser Comisario de un proyecto de este calibre es algo que sucede, quizá, una sola vez en tu carrera profesional. Para mí ha sido un reto que he afrontado con alegría, responsabilidad y orgullo. Ver cómo el resultado llegaba a la más antigua y prestigiosa institución cultural del Estado Español, la Biblioteca Nacional de España, y cómo todo este inmenso artefacto cultural se trasladaba a mi ciudad, ajena por desidia a estas magnitudes, ha supuesto, junto a mis lecturas, investigaciones y organización de congresos, una de las satisfacciones más perdurables de mi vida académica.

¿Qué cree que puede ofrecer al público cordobés esta exposición?

El acercamiento visible, didáctico y al mismo tiempo científico a un poeta de difícil comprensión. La exposición pretende que el visitante viaje a través del tiempo para conocer, admirar y abrazar a Góngora, el más grande creador de Córdoba, y que lo haga a través de un discurso expositivo melodioso y contemporáneo a su sensibilidad cultural. Esta exposición también ofrece al público cordobés una forma menos convencional y pobre de entender la cultura.

¿Cómo ha transcurrido el proceso de la organización? ¿Hubo dificultades especiales a la hora de recopilar documentos, pinturas, etc.?

El comienzo del trabajo se remonta al otoño de 2010. Como decía Rubén Darío, imagínese “la obra profunda de la hora / la labor del minuto y el prodigio del año”. En cuanto a las dificultades, debo decir primero que sin ellas no hay mérito, y las excitantes dificultades de esta exposición se presentan en varios ámbitos de actuación y en varias fases: la idea matriz, el complejo listado de obra original, la estructura temática de la muestra (una y otra vez revisada), la conexión con las entidades prestadoras, la búsqueda de alternativas ante la denegación de determinados préstamos, la determinación de un proyecto museográfico coherente con dos espacios expositivos muy distintos, la redacción de los textos de sala, la elaboración de un catálogo de casi 500 páginas, las negociaciones políticas, la campaña de difusión, etc. Miles de horas en dos años de un inmenso trabajo realizado en equipo, pero del que eres responsable y ulcerosa víctima como Comisario. En ocasiones, una sola pieza de las 200 de las que consta la exposición llevaba asociada semanas de trabajo estresante.

¿Cuáles son las aportaciones más destacadas de Góngora a la poesía y la literatura en general?

Góngora propuso y llevó a la perfección un nuevo lenguaje poético. Él, mejor que nadie, representa la estética de la agudeza y del concepto, fenómenos semánticos y estéticos que se constituyen en principios explicativos de un renovador movimiento literario que convenimos en llamar Barroco. Tanto la poesía como la prosa serían muy distintas tras sus aportaciones, y la estela de esa influencia llega vigente y revitalizada a los siglos XX y XXI. Es un clásico inagotable y verdaderamente “moderno”, no a la manera de las “modernas” banalidades hinchadas de egolatría.

¿Considera que la literatura de Luis de Góngora está suficientemente reconocida en España? ¿E internacionalmente?

A finales del siglo XIX, su poesía comenzó a ser estudiada por franceses y otros hispanistas extranjeros. Hoy se puede afirmar que existe entre los investigadores, especialmente en la Universidad, un importante núcleo de gongoristas españoles. Luego están los diletantes aficionados, eruditillos locales y bocazas de contraportada, que repiten una y otra vez de manera acrítica, y con aplauso de prensa y autoridades, la sarta de disparates que se han dicho sobre el poeta desde hace siglos. Resumiendo, pese a toda esa labor humilde y callada, en el nivel del lector medio español y hasta del poeta visible (por los flashes), creo que no está reconocida su valía por razones cuya explicación sería extensa. En los diversos focos internacionales de hispanismo se estudia a Góngora como lo que es, uno de los grandes junto a Cervantes, Lorca o Borges, y, eso está claro, los poetas hispanoamericanos le tienen especial devoción desde el siglo XVII hasta nuestros días tristones o descabezados.

¿Cómo valora el estado de la literatura actual en España e Hispanoamérica?

La mayoría de lo que se produce obedece a tendencias insustanciales con resultados repetitivos, por mucho que se promocione o se venda. Y lo extraño es que los autores parecen pavos reales en un teatro vacío: ellos sabrán por qué quieren que los quieran. Gran parte de esa literatura, de corta duración y ligada al mercado, no puede aspirar en el futuro a la categoría de clásica, sino a ocupar efímeras páginas en la prensa. Hay nombres notables, tanto en España como en Hispanoamérica, y es algo que da sentido a los que disfrutamos con la lectura literaria (que va más allá del relato de una historia, para eso tenemos el cine, y es grande en ocasiones), pero esos nombres notables son muy pocos, y no siempre son los más conocidos mediáticamente. Nada nuevo, pues así fue siempre a lo largo de la historia: los mejores, los mediocres y la morralla, pero el bajo nivel de exigencia lectora actual junto a la confusión entre creatividad y excreción han convertido nuestra época en un laberinto de letras donde es difícil distinguir el estiércol de la alhaja. La mentira de los críticos periodísticos ayuda poco, salvo esas honrosas y raras excepciones que los escépticos conocemos. Eso de que el arte es pura expresión ha hecho mucho daño… y también ha sido de gran ayuda a mucho farsante.

Teniendo en cuenta el sistema educativo actual, ¿cree que se incide lo suficiente en la enseñanza de las disciplinas humanísticas?

A medida que pasa el tiempo es peor, pero tengo optimismo en que la crisis intelectual y social actual propicie un cambio en unas décadas. Hoy, ya no solo se trata del eclipse de las humanidades, sino del de la misma ciencia (la maravillosa matemática y todas sus derivaciones); y todo el abandono por razones crematísticas (falsas) de las disciplinas esenciales, que han sido sustituidas por la entronización de la tecnología (auxiliar) y el entretenimiento como nuevas religiones. El problema no es utilizar la tecnología como herramienta, sino que ese uso termina afectando a los procedimientos gnoseólogicos del sujeto, que son fundamentales para su interpretación y relación con la realidad. El sistema educativo actual (incluida la Universidad) está terminando por construir robots para encontrar acomodo en el mundo laboral (a la manera del Charlot de Tiempos modernos), personas que desarrollan habilidades, una pura técnica desvinculada del conocimiento profundo, como si no tuvieran otra cosa que hacer sino trabajar como asnos en la vida maravillosa que tenemos que vivir (eso, vivir, es nuestra única obligación). ¿Acaso no lo vemos?: este sistema, liderado por egoístas, “pedabobos” y políticos de baja estofa, desprecia la formación de seres humanos con espíritu crítico, capacidad de discernimiento y densidad moral. Este modelo, lo anuncio con alegría, empieza a entrar en crisis. Ahora se dice: no por estudiar encontrarás trabajo. Es que no se trata de eso, se estudia (y no solo en la universidad sino fuera de ella) para ser y no para tener, ¿o es que vas a enterrarte con el todoterreno en la tumbita? Los problemas del mundo no se resuelven con artilugios, por muy agradable que nos hagan la vida, sino con pensamiento, inteligencia e ideas enunciadas por seres no vulnerables a la manipulación del sistema dominante. Y, si no se resuelven, al menos mis pulsiones esenciales me hacen más feliz y completo que setenta llamadas de móvil al día de personas que casi no conozco, y no me siento triste como cualquier quejica balompédico.

¿Estamos en “malos tiempos para la lírica”?

Creo que todo lo contrario, como dije antes. Las cosas caerán por su peso cuando los planteamientos neoliberales y ectoplásmicos sean insostenibles. El desprecio a la formación humanística y a la inteligencia está creando generaciones de ignorantes atrevidos que confunden precio y valor, pero de ese estado crítico surgen siempre las voces más comprometidas y sublimes, las puras excepciones. Otra cosa es que sean capaces de clamar más allá del desierto de ramplonería en que vivimos. Algunos de estos espíritus sensibles optan, sin más, por el silencio. Otros menos tímidos tienen que soportar diariamente la sonrisa sarcástica y vacía del burro acomodado.

¿Qué representa la cultura para usted?

Para el ser humano la cultura es la base de su condición, lo que lo define de manera esencial. Está en todas partes; no pensemos que solo habita en los museos y en las bibliotecas, también está en las conversaciones y en los afectos; pero la invasión de la barbarie está cercenando los espacios oscuros y naturales en que habita, atacando los fines, que son como la sangre que nutre una vida, y esos conceptos teleológicos son la libertad, la belleza, la bondad y la verdad. Para mí, la cultura ha sido siempre una forma de escapar de la podredumbre intelectual, de los gritos y la histeria. Sin ella, hace tiempo que habría cogido la puerta y me habría largado.

¿Podría hacernos alguna recomendación literaria?

Por una cuestión de tiempo (los mortales no tenemos mucho), yo recomendaría siempre a los clásicos, desde los antiguos hasta los de nuestro siglo. En eso soy muy kantiano: es un crimen perder el tiempo con bagatelas cuando no se ha leído a Sófocles, o a Cervantes, o a Montaigne, o a tantos otros, la riqueza de los clásicos es inagotable. Pero está claro que las recomendaciones literarias hay que hacerlas siempre en función de la persona a la que se dirigen, y como el lector de esta entrevista será múltiple, prefiero optar por compartir unos pocos de los títulos que he leído en los últimos años y que, sin ser clásicos, pueden agradar no a todos, pero si a algún lector. Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, El vano ayer de Isaac Rosa, Hitch-22, de Christopher Hitchins, La conciencia de Zeno, de Italo Svevo, El museo de la inocencia de Orhan Pamuk, El mar, de John Banville. En poesía, vuelvan siempre a Pessoa, Dickinson, Miguel Hernández y Vallejo. Y, por supuesto, no solo evito mencionar a Góngora, sino que me niego a decir aquello de “yo leo el Quijote todos los años” que es la frase favorita de quienes nada leen.