Información sobre el texto

Título del texto editado:
Lecciones de Filosofía moral y elocuencia. Discurso preliminar (III)
Autor del texto editado:
Marchena, José (1768-1821)
Título de la obra:
Lecciones de filosofía moral y elocuencia; o colección de los trozos más selectos de poesía, elocuencia, historia, religión y filosofía moral y política, de los mejores autores castellanos, puestas en orden por don Josef Marchena, Tomo I
Autor de la obra:
Marchena, José (1768-1821)
Edición:
Burdeos: Imprenta de don Pedro Baume, 1820


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Al lado de las historias se colocan las novelas, o los cuentos de sucesos fingidos, los cuales por lo mismo que no son verdaderos han de ser más verisímiles, porque si en la realidad nunca hombre fue constante con su propio carácter en todos los trámites de su vida, si en los más generosos pechos se encuentran ruindades que los afean, y en los más ruines acciones generosas que ilustran alguna época de su vida, el historiador que estos casos refiere ofrece en su abono el unánime y no controvertido testimonio de los coetáneos que al novelista falta. Por eso es tan difícil apropiarse un carácter nuevo, y conformar con él en todas sus partes, y con sus acordes proporciones el sujeto que de él se reviste, proprie communia dicere, sirviéndome de la expresión de Horacio. Antes de caracterizar el mérito de nuestros autores en este ramo es indispensable dar algunas ideas del género, según por mis meditaciones me las tengo yo formadas, para valuar por ellas el de los novelistas españoles.

Las llamadas novelas pastoriles más son largos idilios en prosa, o cuando más dramas entre zagales y zagalas, que novelas verdaderas. La uniformidad inherente a esta especie de escritos los condena a empalagar al menos delicado lector. Son los sucesos tan poco variados, tan uniformes los afectos, tan ceñidas las ideas, tan poco encarnizadas las enemigas, tan fácilmente satisfechos los amores, que ni la acabada perfección de Teócrito y Virgilio, los dos escritores más perfectos de los dos más perfectos idiomas, estorbaría que fastidiasen sus églogas, si no las hubieran hecho tan cortas. Garcilaso que con tanta maestría entonó el canto pastoril en la primera de sus églogas, en que no excedió la medida de las antiguas, es inaguantable en la segunda que quiso alargar sin coto. Si la Aminta. y el Pastor Fido gustan, no es como idilios, sino como acciones dramáticas; la segunda especialmente es una verdadera tragedia, donde el terror, la compasión y todos los afectos trágicos poderosamente son excitados. Y si églogas como la segunda de Garcilaso son inaguantables, ¿quién podrá sufrir novelas pastorales en muchos abultados tomos, como la Diana de Montemayor, o de Gil Polo, la Galatea de Cervantes, y otras producciones de este jaez, a cuya lectura jamás pudo dar cima el leyente más esforzado?

Restan las otras novelas, unas cuyo principal objeto es pintar el origen y progresos de una pasión, y otras que contando parte de la vida del héroe ideal, o bien toda entera, enlazan con ella los sucesos de la humana, desenvolviendo progresivamente el carácter del sujeto que retratan. A estas dos clases se ciñen todas las novelas posibles (a lo menos las que así merecen llamarse); y el examen de los requisitos que su perfección constituyen, eso más es importante, que siendo casi ignorado este género de los antiguos, carecemos de guías que nos den tan juiciosas y acertadas reglas cuales las que para otros escritos en Aristóteles, Cicerón, Horacio y Quintiliano encontramos.

Los medios de excitar vivamente los afectos del lector, la compasión, el terror, el odio, el cariño, etc. los mismos son en estos escritos que en los dramas, y según el carácter de los actores así se arrima la novela a la tragedia o la comedia. No está empero obligado a ceñirse el novelista a la unidad de lugar, tiempo, ni menos de acción; mas no se puede desentender de la de interés, si quiere que sus composiciones saquen lágrimas, infundan pavor, y dejen una duradera y viva impresión en el ánimo de los lectores. Guárdese particularmente el escritor de fino y acendrado gusto de confundir las chocarrerías con los donaires, la sencillez con el tosco desaliño; sean inocentes y cándidos sus aldeanos, no soeces y zafios; no se arrastren por los suelos de miedo de encumbrarse a las nubes; acuérdese siempre el autor de que si la rústica pobreza excluye del prendido de las lindas villanas el brillo del diamante, los vivos colores de la esmeralda y el carbunclo, bien saben sustituir a estos arreos las guirnaldas de frescas rosas, de aromáticas violetas, de pomposas azucenas entretejidas.

Los hombres poco versados en el arte de escribir se figurarán acaso que excluyen nuestros preceptos la verdad del género de composiciones que más de ella sola saca todo su mérito, porque siendo las novelas cuentos de fingidos sucesos, en tanto les asiste un mérito real, en cuanto más los afectos, las expresiones de los actores son los que hubieran de ser cuando en la situación en que se les pone se encontrasen sujetos verdaderos que les fueran parecidos. Mas no nos equivoquemos: no es el arte una imitación de la naturaleza, tal cual ella es generalmente, que el buen imitador escoge en los objetos lo más vigoroso, y lo más puro que en muchos de ellos ve esparcido, y de estos variados rasgos, verdaderos y existentes todos, forma el tipo ideal, cuya concepción constituye el perfecto crítico teórico, cuya ejecución forma el acabado escultor, el sublime poeta, realizando el Júpiter de Fidias, el Aquiles de Homero, el Roger del Ariosto. En toda profesión, en todas clases hay hombres y mujeres dotados del tino natural que constituye el gusto práctico, que sin salir de su esfera se manejan con cierta gracia, hablan con cierta naturalidad, obran con cierto decoro que los hace dignos de ser mirados y estudiados como modelos de su clase. No se ha de confundir esta natural elegancia de costumbres con la virtud; las personas de que hablo son las que comúnmente llaman sujetos finos, no virtuosos. No quiero yo decir que se excluyan recíprocamente virtud y elegancia; muy lejos de eso, las más veces se avienen en uno, y aparece más amable la virtud ornada por las gracias, mas es cierto que no es siempre por desgracia esta unión inseparable. De suerte que aun cuando retrate el novelista los vicios más horrendos, no ha de prescindir enteramente de este natural arreo que dejando a la perversidad todo su horror hace tolerable la presencia del malo; que tal es el secreto de pintar las ponzoñosas sierpes, y los más feos vestiglos, campeando eso más la hermosura del arte que son más disformes los originales.

Un solo caso hay en que debe el escritor novelista colorir con la mayor viveza la torpeza y disformidad del vicio, y es en aquellos pasajes en que se trata de que reciba la culpa el merecido castigo . No consiste este en que triunfe o no el malo del hombre de bien; ni aborrezco yo las novelas en que muere aherrojado en prisiones, o degollado en un patíbulo el héroe virtuoso, y acatado de los pueblos sube el perverso al trono. Pues tal es tan repetidas veces el deplorable desenlace de la historia verdadera, ¿por qué no la imitará en esta parte la novela? Mas lo que no hace, ni puede hacer el historiador, eso es la peculiar obligación del novelista; pintar al vivo los remordimientos, los sustos, las amarguras que roen y acibaran los inicuos pechos. No tema en tales casos una esforzada pluma descender al torpe lupanar con la deshonesta esposa del árbitro del orbe romano, rasgar cuantos velos sus adúlteros miembros cubren, señalar la villana mano abierta para cobrar el salario de un infame deleite, y mostrar patente a deshonrosas miradas, a lascivos tocamientos, a ósculos de baldón el vientre donde fue el generoso británico engendrado. Y si un noble y nunca desmentido horror del vicio le anima, si palpita su pecho de enojo contra la villana simulación de Tiberio, no menos que contra la demencia atroz de Calígula, si envidia más la suerte de Bruto muriendo en los campos de Tesalia, la de Catón rompiéndose las entrañas en los arenales de Utica, que la triste gloria de César vencedor de la patria, usurpador de la soberanía, origen y tronco de tantos monstruos cuantos con nombre de emperadores deshonraron en la serie de los posteriores siglos a Roma y asolaron el universo, no tema entonces retratar con valientes pinceladas las más torpes escenas de la disolución, no tema sumirse en los lodazales de la más villana servilidad, que ni excitarán sus vivas imágenes deseos impuros, ni se resentirá su estilo de la bajeza de los sujetos que retrate.

No nos equivoquemos empero, ni confundamos con la verdadera moral la hipocresía de costumbres que con los arreos de sobrado escrupulosa decencia se reviste. El sabio por antonomasia aconsejaba a sus discípulos que sacrificasen a las gracias; la austeridad ascética es debida a las falsas ideas de una superstición enemiga de los deleites sensuales, cuyo infalible como inmediato efecto fuera acabar con el linaje humano, dando por el pie con los gustos con que su reproducción se vincula. Cosa es sobremanera ridícula nivelar con los más horrendos delitos que son azote y oprobio de la humanidad una propensión, aunque algo excesiva sea, a los gustos amorosos. Confundir los galanteos con los hurtos, las calumnias, los rencorosos odios; las flaquezas que al deleite arrastran, con los asesinatos y las alevosías, desacreditar es las verdaderas reglas de sana moral, y restituir a vigor nuevo la paradoja de los estoicos, que todos los pecados eran iguales. No diré yo como Catulo que si ha de ser casto el poeta no importa que no lo sean sus versos; no alegaré que el justo Catón estrechaba en sus brazos a los mozos que de las mancebías salían, exhortándolos a que perseveraran en sus gustos, y no solicitaran a las castas matronas; ni recordaré que Catulo su amigo le dirigía epigramas que, gracias a la mentida delicadeza de nuestras acendradas costumbres, y nuestros cosquillosos idiomas, escandalizarían a la mayor parte de nuestros lectores, si a traducirlos palabra por palabra nos atreviésemos. Consagrada nuestra pluma a la propagación de la verdad, ninguna contemplación nos arredra, cuando de establecerla tratamos; y bien avenidos con nuestra conciencia, en inalterable paz con nosotros propios, poco nos importa ser tenidos por escritores de moral laxa, por hombres que los más de ellos so la capa de anacoretas esconden las costumbres de sátiros, y eso más estrechan sus teóricas los ñudos de la castidad y la pureza, que en la vida práctica todos los eluden indistintamente. Confesamos que aquella molicie que afemina los ánimos, enflaqueciendo sus fuerzas, y robándoles la virilidad, atributo primero de la virtud, es funestísima; mas no son las halagüeñas imágenes del deleite las que este efecto producen. Antes que un puñado de griegos desbaratara los innumerables escuadrones de Xerxes, y sembrara de millones de cadáveres los llanos de Maratón y Platea, y los mares de Salamina, había la dulce lira de Anacreonte resonado a Baco y los amores en los más blandos y deliciosos metros que hasta ahora han embelesado el linaje humano. Tibulo militó con gloria, y Horacio fue tribuno militar de Bruto, sin que el cuento de su fuga después de abandonar el broquel tenga otro fundamento que haber dicho él en una de sus odas que huyó relicta non bene parmula, expresión que evidentemente no quiere decir otra cosa sino que acompañó la fuga del ejército entero roto por Octavio y Antonio; que es cosa clara que hombre que tan bien sabía lo que era decoroso como Horacio, se hubiera guardado muy bien de acusarse a sí propio de tan villana cobardía, como la de dar a correr, arrojando su escudo, en el calor de la batalla.

Dos caminos distintos se ofrecen al novelista que pinta los efectos del amor. Esta pasión es unas veces un fuego abrasador que todo lo consume, una inextinguible y activa llama que corre por las venas y enciende las entrañas; afecto tiránico que quita la vista de los ojos, roba el juicio, aportilla la razón, hace enmudecer la conciencia, y ora pone el huso y la rueca en manos de Alcides, ora despeña a Safo del promontorio de Léucate. Este es el delirio de Dido en Virgilio, el del amante de Julia en Rousseau, no pocas veces el de Eloísa en sus cartas originales; este el del apasionado Werther en Goethe. El otro amor más sosegado coge la rosa y arranca las espinas, paladea los amorosos gustos, sazona los deleites, y más prendado del sexo entero que de ninguno de sus individuos, su propia inconstancia es un nuevo homenaje que al amor tributa. Todas las dotes, todos los atractivos del bello sexo le incitan, por todos se apasiona; de aquí su natural mudable, en una sola cosa firme, en vincular sus glorias todas en la posesión de las mujeres. Este es el carácter distintivo de los poemas eróticos de Ovidio, este el de algunas de las odas de Horacio, y el de muchas novelas modernas.

Habrase notado que no hablo de una especie de amoríos frecuentes en los quinientistas italianos y en muchas novelas españolas y francesas del siglo XVII, con tanto donaire y gracia ridiculizadas por el severo Boileau. Califican estas insulseces de amor platónico, puesto que en ninguno de los escritos de Platón ni el más mínimo resquicio de semejante desvarío se encuentre. Cífrase este amor en no sé qué afecto desprendido de todo sensual deleite, en cierta incomprehensible unión de las almas, tal que si alguna real existencia en la naturaleza este desacierto tuviera, ni la hermosura, ni la juventud, ni aun la diferencia de sexos tendrían en este cariño el más leve influjo. Pudiéramos definir este pretenso amor una especie de misticismo aplicado a las mutuas relaciones de ambos sexos. «No dictaba en este estilo risiblemente triste», dice Boileau, «el Amor los versos que suspiraba Tibulo». Los conceptos, los perpetuos sollozos, las muertes y resurrecciones de los amantes de que están atestadas las composiciones eróticas en prosa y verso de aquellos tiempos, y que ni la más leve impresión en el lector hacen, proceden de este mal gusto, introducido primero por el Petrarca, y llevado al extremo por sus sucesores. No es posible leer cuatro versos de las perpetuas lamentaciones amatorias de Herrera, que de ellas ha llenado todas sus perdurables elegías, sin convencerse de que ni nunca quiso, ni era capaz de querer, ni de formarse idea de lo que constituye el amor. Más fuego hay en una elegía de Tibulo, o en la égloga a Lycoris de Virgilio, que en los perpetuos incendios de estos enamorados poetas, siempre abrasándose por metáfora, y siempre fríos y helados en la realidad. Nunca es en ellos el amor aquella hoguera voraz que todo lo consume, aquella calentura ardiente que sume en un no interrumpido delirio a quien agita, aquel furor de Venus que, cual el estro de Baco, embarga la mísera Dido, aquel delirio estático que de la mente de Galo se ha apoderado, aquella desesperación que hace vagar continuo a Orfeo por los montes de la Tracia repitiendo inconsolable al son de su lira el nombre de la perdida Eurídice. ¿A quién han sacado lágrimas las eternas endechas de Periandro y su cara Auristela, ni las lamentaciones de tanto enamorado personaje como en la inacabable novela de Persiles y Sigismunda representan su papel? Menester es confesar que pocos autores han sido menos aptos para pintar el amor, y sus furores, y sus devaneos, que el inmortal autor de Don Quijote; sagaz escrutador de las ridiculeces y miserias de la humanidad, como el Damasipo de Horacio, reputaba sin duda por mera locura las ansias de los enamorados, y solo lo ridículo que en ellas siempre se halla, era lo que le daba golpe. Ingenios como el de Cervantes pueden muy bien imaginar patéticas situaciones, y poner en ellas a los amantes que retratan, mas así que los hacen discurrir, sus razonamientos acaban con cuanta compasión y lástima sus desdichas habían inspirado. ¿Puede verse cosa más insulsa que cuanto Dorotea, Luscinda, y Cardenio acerca de sus amores se dicen recíprocamente? ¡Qué diferencia de los furores de Dido abandonada por Eneas, de los baldones con que afea a este su alevosía, y de las casi melifluas y nunca desconcertadas razones con que se queja Dorotea a don Fernando de su perfidia, cuando encuentra en sus brazos a Luscinda de quien es robador! No hablo de la canción desesperada de Grisóstomo; Cervantes siempre fue menos que mediano versificante, y no se podía encumbrar a la alteza que requiere la expresión del postrer vale de quien muere a manos de los desdenes de su desamorada dama. Los mezquinos conceptos con que Lotario declara su amor a Camila antes hubieran debido excitarla a risa, que moverla a corresponderle; y una Clori que tuviera un poco de razón y sentido común, no se curaría de tomar a su amante, de mancomún con el cielo «la pobre cuenta de sus ricos males».

La otra especie de amores menos veces se halla pintada en los autores españoles. El Amor al uso, comedia de Solís, una novela de Doña María de Zayas, y otras pocas composiciones más, son los muy contados ejemplos que nos han dejado. Porque no se han de confundir con este amor las repugnantes escenas de disolución torpe que en nuestros poetas y novelistas son frecuentísimas, y que ofrecen el trasunto de las costumbres de España en los siglos décimo-sesto y décimo-séptimo, época en que estaban más estragadas que en parte ninguna del orbe.

Siendo nuestro ánimo entretejer en todo este discurso la historia política con la literaria de España, mal pudiéramos pasar aquí en silencio el extraño fenómeno que en este período presentan las novelas de La vida del Gran Tacaño, de Rinconete y Cortadillo, de La Gitanilla de Madrid, El coloquio de los perros Cipión y Berganza, El Lazarillo del Tormes, Guzmán de Alfarache, El Diablo cojuelo, y otras de observadores de las costumbres, que con más o menos tino se han esmerado en dejarnos el retrato de su siglo. A este mismo género pertenecen las comedias que como La Bella mal maridada, Santiago el Verde, Los melindres de Belisa, etc. de Lope; De fuera vendrá quien de casa nos echará, y casi todas las de Moreto; El Amor al uso de Solís, retratan a los hombres como a la sazón eran. En todas estas composiciones se notan desórdenes que en mucha parte ha enmendado después el transcurso de los tiempos, puesto que la diferencia de la situación en que hoy se encuentra la nación, comparada con la de aquellos siglos, también ha sido causa de que se pierdan prendas estimables que adornaban a los españoles de entonces.

Las no interrumpidas guerras en remotos países que desde la expedición de Nápoles del Gran Capitán hasta la paz de Utrecht sustentaron los españoles; sus repetidos triunfos en ambos mundos; el señorío de Italia y de los Países bajos, los aventurados viajes de los descubridores, conquistadores y pobladores de ambas Américas, con la arrogancia y soberbia de un pueblo dominador y valiente habían maridado los desórdenes y el disoluto abandono de vencedores que sin freno se entregan a sus más desordenados apetitos. Enriquecíanse los españoles ya con los despojos de la fértil y siempre avasallada Italia, ya con las pingües cosechas del suelo flamenco, ya con las nunca exhaustas minas de Méjico y el Potosí, y se tornaban a su patria opulentos cuanto corrompidos; acostumbrados a hollar a sus plantas la santidad de las leyes, los fueros más sagrados de la humanidad, a allanar por la fuerza cuantos estorbos la flaqueza de los vencidos les oponía, todo a sus ojos debía ceder al denuedo, todo ser patrimonio del ánimo esforzado. De aquí proceden las violencias y raptos tan frecuentes en nuestras comedias y novelas antiguas, como lo eran en la realidad; las inmortales enemigas, la sed de la venganza, eso más implacable que sin fuerza las leyes para amparar los derechos de los individuos, fiaba cada uno de su propia astucia o de su fuerza la posesión de los bienes sociales, y cifraba sus más preciosos intereses en reprimir a quien de ellos presumía privarle. Con esta prepotencia de los fuertes, y esta artería de los menudos se hermanaba en todos una superstición que vinculaba en la creencia de las paparruchas del papismo la mayor y mejor parte de las obligaciones sociales; habían los casuistas escolásticos predicado sus torpes doctrinas, abrazadas por los jesuitas y propagadas por la infame inquisición, que mientras con una mano tapiaba cuantas rendrijas podían permitir camino a la luz, abría con la otra un inmenso cauce a los corruptores sofismas que toda moral estragan, hasta que se hicieron generales en España; estado el más funesto a que pueda verse reducido un pueblo, que mientras no ha perdido el conocimiento del verdadero bien, siempre tiene a la vista la estrella polar que ha de ser su guía, cuando a lo bueno, lo útil y lo generoso se encamine; pero condenado a vagar sin dirección o a seguir una senda encontrada, cuando apaga la ignorancia la luz de la verdad, o cuando erróneas preocupaciones, a guisa de fuegos fatuos, le llevan a barrancos y despeñaderos. En la comedia de Moreto, intitulada El imposible vencido, el protagonista, ordenado de clérigo a impulsos de un enamorado despecho, se pega de cuchilladas con el amante de su dama, a quien rondaba de noche, aunque sacerdote; costumbres análogas eran comunísimas entonces, y cuantos fuera de la corte, con especialidad en la Andalucía, han vivido, saben que aún en nuestros tiempos están muy lejos de poderse calificar de desusadas. La resistencia a la justicia, las rondas repelidas a estocadas por los guapos, los asesinatos encomendados por los nobles a valentones, por vengar el honor de sus hermanas, o sus hijas, cuando eran los plebeyos osados a empañarle con sus galanteos; apenas hay comedia ni novela cuyo enlace y desenlace de la complicación de semejantes lances no penda. A un caballero no era decoroso medir sus armas con un villano, mas no por eso perdía sus fueros la venganza; y la traición y la alevosía se apellidaban noble indignación de un generoso pecho, cuando en daño de un plebeyo que se había acordado de que era hombre se usaban.

La anarquía que semejante situación de cosas introdujo forzosamente en la nación, allegada a la idea en que estaban empapados todos los españoles, y que era debida a sus victorias y a su valor marcial, de que el nombre de español afianzaba un derecho inconcuso de sustituir sus antojos a los preceptos de la ley, produjo en las clases inferiores no menor disolución que en los sujetos de más alta jerarquía. La sesta-décima centuria, y la primera mitad de la décima-séptima son dos períodos notables en la Europa entera por lo estragado de las costumbres en toda ella; verdad que comprueban de un modo irrefragable los documentos coetáneos, y que era inevitable consecuencia del estado de los pueblos en dicha época; mas en España militaban causas peculiares de corrupción que no subsistían en otras naciones. No era la menos eficaz el tesón con que se oponían los españoles a la propagación de las doctrinas de la reforma religiosa; en todas partes donde se introdujo el protestantismo se tornaron más austeras las costumbres, ora sea por la natural propensión de todos los reformadores a profesar dogmas de privación y penitencia, ora porque en efecto la moral ascética, y enemiga de todo deleite de los cristianos primitivos, que los nuevos sectarios presumían restablecer, era diametralmente opuesta a las máximas laxas de los escolásticos y molinistas que, como hemos dicho, exclusivamente en España se enseñaban. Omnipotente por otra parte el gobierno cuando de reprimir el menor respiro de libertad se trataba, era el más flaco de la Europa entera para poner freno a los delitos que solo los derechos de los particulares ofendían; que es cosa tan demostrada por la teórica, cuanto probada por la experiencia, que la fuerza con que defiende un gobierno los derechos privados es en razón inversa de la suma de libertad civil y política que disfrutan los ciudadanos. En Turquía disponen a su antojo los genízaros de las vidas y haciendas de los míseros moradores, en Persia es imposible caminar dos leguas sin ir en caravana, y en España los forajidos han andado poco menos que impunes siempre en cuadrillas; los nobles han sido, cuando no sus cómplices, sus protectores; y ha llegado el olvido de todo principio de justicia y orden social hasta celebrar en romances que andaban en boca de toda la plebe las proezas de los salteadores de caminos, presentando por dechado a una mocedad infatuada y pobre la vida de unos miserables que a poder de robos y asesinatos paraban en un patíbulo. Aun hoy día pocos son los andaluces que no sepan de memoria los siete romances que dan cuenta de la vida y hechos de Francisco Esteban, apellidado el Guapo; y yo propio, sin ser muy viejo, me acuerdo de que habiendo ahorcado a un célebre ladrón llamado Antonio Gómez, un benévolo poeta celebró al punto sus hazañas en un romance que inmediatamente aprendieron y cantaban los chiquillos para enseñarse desde su más tierna edad a imitar los buenos ejemplos. Y es lo bueno que nunca el gobierno ni la inquisición, tan escrupulosos en ahogar cuanta semilla de libertad y razón columbran en cualquiera escrito, han hecho reparo en dejar libremente correr tamaños horrores; tantos y tan vigorosos han sido los esfuerzos que para estragar la nación se han hecho. Verdad es que por antídoto tienen las vidas de San Francisco de Asís, de San Francisco de Paula, de Santa Rosalía, y otras del mismo jaez, tales que si de consuno la estupidez y la demencia se hubieran apostado a escribir disparates, no pudieran haber salido de este concierto tan desatinados escritos.





GRUPO PASO (HUM-241)

FFI2014-54367-C2-1-R FFI2014-54367-C2-2-R

2018M Luisa Díez, Paloma Centenera