Información sobre el texto

Título del texto editado:
“Noticia de los poetas castellanos que componen el Parnaso español. Tomo IX. [Biografía de] don Jorge o George de Montemayor”
Autor del texto editado:
López de Sedano, Juan José (1729-1801)
Título de la obra:
Parnaso español. Colección de poesías escogidas de los más célebres poetas castellanos. Tomo IX
Autor de la obra:
López de Sedano, Juan José (1729-1801)
Edición:
Madrid: Antonio de Sancha, 1778


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Información técnica






Jorge o George de Montemayor nació en la villa de Montemor (esto es, Montemayor, de donde procedió su apellido), de la jurisdicción de Coimbra, en el Reino de Portugal. Ignórase el año de su nacimiento y solo se deduce que pudo ser como por los de 1520. No fue hombre de ningún estudio, pero su entendimiento y grande ingenio, con el auxilio de las lenguas vulgares más comunes entonces, y que entendió hasta el grado de traducirlas con todo acierto, recompensaron en lo posible aquella falta. En su primera mocedad siguió la milicia, aunque su afición le entregó todo a la música y poesía, y, pasando después a Castilla y no teniendo otro arbitrio con que sostenerse, se dedicó como profesión a la primera, en la cual, hallando su genio la mayor aptitud para todo lo armonioso, salió tan aventajado que logró incorporarse por músico de la capilla real, en la que llevó el príncipe don Felipe en su famoso viaje a Alemania, Italia y Países Bajos, del que se escribe por particularidad que iban los músicos y cantores más excelentes y escogidos que se pudieron hallar. Con este motivo, recorrió todas aquellas provincias, ilustrando su ingenio con nuevas luces y, vuelto a España, no constan más noticias que su residencia en la ciudad de León, la que le pudo motivar a la composición de su libro de Diana. Restituido últimamente a Portugal, llamado por su gran princesa, como él afirma, la reina doña Catalina, hermana del emperador Carlos V y regente de aquel reino, que le confirió un destino muy honorífico en su Casa real, falleció a pocos años y todavía en los florecientes de su edad, según reconoce por la elegía compuesta a su muerte por Francisco Marcos Dorantes que se halla en todas las ediciones de la Diana, por donde se verifica que ya había muerto en el de 1562. Colocamos a nuestro Jorge (o George, como él se llamó) de Montemor, o Montemayor, en el número de los poetas castellanos siendo portugués, porque, sin que necesitemos mendigar poetas a otras provincias donde tenemos tanta abundancia, como ya hemos advertido en otra parte, nadie le excluirá por ser español y por haber poetizado en nuestra lengua, de la misma suerte que podemos contar a Francisco de Sá de Miranda, Gerónimo de Corterreal, don Francisco Manuel, Nuño de Mendoza, Diego Bernáldez, Francisco Rodríguez Lobo, Antonio López, Miguel de Silbeyra, Francisco de Faria, Manuel de Gallegos, doña Bernarda Ferreira y aun hasta el mismo Luis de Camoens. Agrégase a estas razones la de haber sido nuestro Montemayor el inventor de la especie de libros pastoriles con su Diana, que es el que hizo memorable su nombre, según el testimonio de Miguel de Cervantes Saavedra, que en aquel nunca bien ponderado escrutinio de los libros de don Quijote dice en boca del cura, hablando del argumento de estas obras en general, que “estos libros no merecen ser quemados como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que son libros de entretenimiento, sin perjuicio de tercero”; y luego, más adelante, hablando señaladamente: “y pues comenzamos por la Diana de Montemayor, soy de parecer que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia y del agua encantada y casi todos los versos mayores, y quédese en hora buena la prosa y la honra de ser el primero en semejantes libros”. Podremos entender aquí que Cervantes, que tenía hecho un prolijo estudio en esta materia, quiso decir que fue el primero que de su especie se escribió originalmente en España. En efecto, esta nueva idea de églogas y novelas pastoriles llegó a tiempo y sazón de que estaban los ánimos acostumbrados a la lectura de los disparatados y fabulosos libros de caballerías, y así hallaron la mayor acogida y aplauso, como se prueba por las repetidas ediciones que se hicieron de esta obra, hasta traducirse en italiano y en francés; y en particular este título de Diana agradó tanto que luego salieron otras obras por la misma idea y con el mismo título, pues además de la Segunda parte de Diana de Alonso Pérez, que es continuación de la de Montemayor, se escribió la Diana enamorada, por Gaspar Gil Polo; Las auroras de Diana, por don Pedro de Castro y Acuña, y porque no faltase también este argumento a lo divino, La clara Diana, por fray Bartolomé Ponce, cisterciense, siguiendo la idea pastoril de Montemayor en alabanzas de la Virgen María. Este gusto se difundió de manera que todo género de escritores doctos e indoctos se dedicaron a escribir novelas pastoriles, y hasta el mismo Cervantes cayó en la tentación, publicándose diferentes obras por el mismo estilo, como fueron Las selvas de Erifile, por Bernardo de Balbuena; la Cintia, por Gabriel del Corral; la Primavera, por Francisco Rodríguez Lobo; la Amarilis, por Cristóbal Suárez de Figueroa; la Galatea, por Miguel de Cervantes; la Arcadia, por Lope de Vega; El pastor de Clenarda, por Miguel Botello; Los pastores del Betis, por Gonzalo de Saavedra; El pastor de Iberia, por Bernardo de la Vega; Ninfas y pastores de Henares, por Bernardo Pérez de Bobadilla; El pastor de Filida, por Luis Gálvez de Montalvo; Los pastores de Sierra Bermeja, por Jacinto Espinel, y otra innumerable caterva de libros de esa especie, que en aquellos tiempos tuvieron mucho aplauso y en todos no han tenido más utilidad que la invención y el buen lenguaje en prosa y verso. Cervantes hizo en breves palabras una crítica muy justa de todas estas obras en cabeza de la de Montemayor, mandando “se le quitase a esta aquello de la agua encantada y la sabia Felicia”, porque todo esto olía a despropósitos o desvaríos caballerescos; pero no expresó por qué causa se le debían quitar “los versos mayores”, pues no hallamos, respecto al carácter de su poesía, ningún desmerecimiento a los menores ni en el decoro de los pensamientos, ni en la pureza del estilo, ni en la elegancia peculiar del metro. Por el contrario, pudiéramos tomar esta “honra de la primacía” que la da Cervantes en el sentido de la primera o la mejor de cuantas en su género se escribieron después en España, pues, aunque es constante que hablando allí mismo de la Diana enamorada de Gaspar Gil Polo la da una gran preeminencia sobre la de Montemayor, diciendo que “aquella se guarde como si fuera del mismo Apolo”, por cuyo juicio ha corrido con notable ventaja en la estimación de muchos, nosotros, sin embargo, no la encontramos tan manifiesta, como no sea en la dulzura y elegancia de los versos, pues por lo demás, ni en la invención, ni en el decoro, ni en el enredo, ni en los episodios, ni en la pureza del lenguaje, que son las partes que constituyen el mérito de esta obra en prosa y verso, percibimos exceso considerable de bondad del valenciano al portugués, encontrando en este por descontado la de haber sido el modelo y original. Tiene además otro requisito de ventaja sobre la de Gil Polo y sobre todas las demás que imitaron su argumento, y es la de haber sido historia verdadera y acaso sucedida al mismo autor, pues, además de los episodios que introduce, que estos ya dice claramente que lo son, tenemos algunos fundamentos para creer que la Diana fue efectivamente una dama principal del Reino de León, a quien aconteció el suceso de los amores que se disfrazan en la novela pastoril, y aun podremos añadir la especie o tradición de que hasta hoy duran descendientes de la familia de aquella señora. Lo cierto es que los finos amores de nuestros portugués con su Marfida, que era una dama castellana, a quien consagra todos sus versos, fueron tan famosos y celebrados de los poetas castellanos y portugueses de su tiempo, como los de Petrarca por su Laura, Dante por su Beatriz y Bocaccio por su Fiameta. Pero nada puede acreditar mejor la general ventaja de nuestro Montemayor que la obra de su continuador Alonso Pérez, médico, llamado “el salmantino”, que a los siete libros de aquel, que es la “primera parte”, añadió otros ocho, que son la segunda, y andan regularmente unidos formando un cuerpo de obra, aunque se imprimió separada en Alcalá, en 1564. Pérez tenía facilidad y mucha más erudición que Montemayor, y, sin embargo de esto y de haber comunicado con él antes de restituirse a Portugal y trazado entre los dos el argumento, le faltaba el ingenio y gracia suficiente para continuador de aquella nueva idea, aconteciéndole lo que regularmente ha sucedido en las continuaciones de las obras más exquisitas y de mayor gusto, como a don Diego de Santisteban con la de La Araucana, de don Alonso de Ercilla; a Alonso Sánchez de Avellaneda con la de la Historia de “Don Quijote”, y a don Ignacio de Salazar con la de la Historia de México, de don Antonio de Solís. La Diana de nuestro Montemayor se ha impreso diferentes veces: la primera, en 1562; después, en Antuerpia, en 1580; en París, con la traducción francesa, en 1611; en Madrid, en 1622, y otras que no tendremos presentes. No se ciñó a esta sola obra el ingenio de nuestro autor, pues produjo otras dignas de no menor aprecio, como la Fábula de Píramo y Tisbe, traducida e imitada del caballero Marino; Historia de Alcida y Silvano, que ambas andan incorporadas en el libro de la Diana. Además, publicó separadamente el Cancionero, impreso en Zaragoza en 1561 y en Salamanca en 1571, 1572 y 1579, que se compone de varias especies de poesías de bastante mérito por la suavidad y pureza del estilo. Las Obras de Auxiàs March, traducidas en Zaragoza en 1562 y en Madrid, en 1579, traducción que compite, si no aventaja, a la de don Baltasar de Romaní. También se le atribuye la Exposición moral sobre el Salmo 86 en Alcalá, 1548, aunque se duda de su legitimidad por la falta de literatura en nuestro autor; Los blasones, obra manuscrita, según don Nicolás Antonio, por testimonio de don García de Salcedo Coronel. El elogio que se le hace en el Laurel de Apolo es el siguiente:

Cuando Montemayor con su Diana
ennobleció la lengua castellana,
lugar noble tuviera,
mas ya pasó la edad en que pudiera
llamarse el mayor monte de Partenio,
si le ayudaran letras al ingenio
con que escribió su Píramo divino,
hurtado o traducido del Marino;
¿pero por dónde fue sin esta guía
quien tuvo tan dulcísima Talía?






GRUPO PASO (HUM-241)

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2018M Luisa Díez, Paloma Centenera