

Es obvio la gran dificultad que se les presenta a los maestros/as
de la escuela primaria, cuando acogen en su clase a un niño con “dificultades
de aprendizaje”. Nombro esto último entre comillas, pues a lo largo del
artículo iré matizando, en un caso concreto, si realmente estas dificultades
son de enseñanza o de aprendizaje. Ambas cosas están juntas, es difícil decir
cuál de las dos tiene más peso. Yo, simplemente, me limitaré a exponer mi caso para ponerlo en
conocimiento de los profesionales de la docencia y, espero que cada cual se
identifique con algunas de las partes que siempre pueden mejorar.
Algunas veces, atribuimos problemas de aprendizaje a niños que, a
mi juicio, no los tienen. Aún existiendo un problema físico o algún trastorno
del desarrollo pueden seguir existiendo dificultades de enseñanza y no de
aprendizaje,
pues puede ocurrir que la enseñanza, no se adapte a las exigencias de cada
niño. En el caso que nos ocupa, la maestra se limita a “etiquetar” a un niño como
sujeto con problemas de aprendizaje, sin preocuparse en conocer cuál puede ser
el “problema”.
Me fijaré ahora en un caso que encontré cuando estudiaba tercero
de magisterio y llegó a mis oídos la posibilidad de “dar una clase particular”.
Se trataba de un niño de siete años que cursaba segundo de primaria en un
colegio concertado en la provincia de Córdoba. Enseguida comencé mis clases
particulares con R. El primer mes tuve un
balance relativamente positivo. El niño, ciertamente, apenas sabía leer
ni escribir, pero habíamos conectado bien. Pero al mes siguiente, el niño
mostraba cierto agotamiento, aburrimiento, nunca quería dar clases... e incluso
noté que los pequeños avances conseguidos hasta entonces iban poco a poco
retrocediendo. Enseguida me culpé de todo eso, pensaba que realmente no tenía
la preparación suficiente, el tema me desbordaba, tenía que enseñar a un niño de siete años a
leer y a escribir pero a un ritmo acelerado porque según la madre, había que
igualarlo cuanto antes al nivel de sus compañeros.
Tras varias reuniones con la
madre, me informó de algunas cosas que me parecían muy importantes a tener en
cuenta: hasta ahora, R había vivido en Sevilla, allí asistía a un colegio en el
que no necesitaba más aportaciones educativas que el resto de sus compañeros;
sin embargo, al llegar a Córdoba le pusieron a demás de las clases ordinarias,
las de apoyo y particulares. Por todo esto, la madre sospechó que quizás en el
colegio de Sevilla podría haber un nivel más bajo. Enseguida, el peso que tenía
se rebajó un poco. Ya había más factores que, podían explicar ese “problema de
aprendizaje” y agotamiento del niño.

R iba avanzando muy lento, pero al menos no permanecía estancado.
Los libros que la maestra había mandado, le aburrían tremendamente, incluso
había páginas que se sabía de memoria. Entonces, lo cambiamos por un libro de
literatura infantil y pasó algo: R se sentía más motivado y por lo tanto
avanzaba más.
Yo poco a poco, iba preguntándole cosas de su vida en Sevilla y
en Córdoba. Claramente, era más feliz
allí que aquí. Entonces, comencé a ver las cosas diferentes, no me parecía que
el problema estuviese en la cabeza del niño. A partir de algunas entrevistas
con la maestra, saque datos muy importantes, como que R no tenía ningún
problema para comprender las cosas, que ella era la que había diagnosticado y
el primer día de clase, que a R le hacían falta mayor número de experiencias
educativas porque no tenía asumido los mínimos de primero (sin tener en cuenta
que había sufrido un traslado). Mientras R estaba en clase de apoyo, los demás
niños avanzaban en lectura y escritura. La profesora de apoyo no era una
profesora de educación especial, sino una maestra de educación primaria
jubilada que prestaba ese servicio voluntario al centro. La maestra no
replanifico ni reestructuró nada. Tampoco proponía tareas para que R
interviniese. A pesar de todo esto, R se relacionaba perfectamente con los
demás niños, aunque era más infantil que el resto. La maestra tampoco tuvo en
cuenta que el colegio del que procedía R. podía tener un nivel académico más
bajo que el suyo.
Lo que más me preocupaba
era la respuesta del niño ante el bombardeo educativo que estaba recibiendo. Yo
pensaba que esto, incrementaba desfavorablemente su actitud, pero al mismo
tiempo, si no era así, R siempre iría retrasado de sus compañeros y esto era lo
que más preocupaba a su madre y a su maestra las cuales, eran igualmente
conscientes de que el niño era demasiado pequeño para ese número excesivo de
experiencias educativas, pero les preocupaba más igualarlo a sus
compañeros. A pesar de todo, R era
consciente de su desfase académico respecto a sus compañeros y esto le motivaba
a seguir adelante con sus clases. Pienso que para solucionar esto, debería
intervenir el/la orientador/a junto con la maestra, para atender las
diferencias individuales de R. Está claro que las respuestas educativas no se
pueden uniformizar, cada uno necesita una atención diferente.

¿Qué pasa cuando la
maestra se olvida que la escuela es un universo heterogéneo? Debemos recordar que no todos aprenden de la
misma manera, cada uno aprende a su ritmo y con su nivel. Hay que crear nuevos
contextos que se adapten a las individualidades de cada alumno/a. Por suerte,
cada vez, nos vamos haciendo más sensibles a las diferencias individuales, pero
aún encontramos algunas resistencias como es el caso de R. Este centro, acoge
muy bien a R pero no comprenden que careciendo de un tipo de déficit explícito,
presenta ciertos desajustes o mayor lentitud en su proceso escolar. A mi
juicio, debemos velar por la felicidad de los alumnos/as que caigan en nuestras
manos, pues eso es lo que más les va a condicionar en su desarrollo como
personas. R en Sevilla era un niño normal, ahora aquí es de los peores de la
clase y tiene que aceptarlo y ver incrementadas sus experiencias educativas.
Todo esto, hacía que R tuviese un nivel de autoestima muy bajo, se sentía
minusvalorado. Hay que partir de lo que sabe hacer cada uno, de sus
potencialidades y no de sus dificultades.
Espero haber dejado claro con la exposición de mi experiencia,
que las dificultades que nos encontramos en la escuela no siempre son de
aprendizaje, como hemos visto, R aprendía todo con normalidad y no tenía ningún
problema en su aprendizaje, sino que a veces (y no en pocas ocasiones) puede
ser que la dificultad sea de enseñanza. La maestra de R no tuvo en cuenta que
pasó de un centro menos exigente a otro que lo era más, no consulto con ningún
otro profesional, etc. Se limitó a pasar la tarea de refuerzo en lectura y
escritura a la maestra de apoyo y a mí, cuando quizás podía haberle evitado
todo eso a R, limitándose a prestarle más apoyo en sus clases, no sacándolo en
las horas que sus compañeros daban lectura y escritura y, haciendo un repaso a
principio de curso de todo lo que los demás niños habían visto el año pasado,
pues además de favorecer a R estaría reforzando el aprendizaje de todos los
niños/as de la clase. Hay que cambiar el contexto, favoreciendo no sólo a R,
sino a los demás.