EL GÓNGORA TÓPICO

Un siglo de investigación filológica sobre Góngora, que incluyó una rehabilitación interesada de su figura y un espectro sumamente diverso de interpretaciones, no ha sido tiempo suficiente para descartar ciertos tópicos sobre su poesía, sino que quizás ha contribuido a su cicatrización irreparable. El ejercicio metódico de refutación de las inercias derivadas del siglo XIX propició un abandono apresurado de ciertas cuestiones pendientes y su consecuente enmascaramiento por otras inercias del siglo XX. Durante muchos años, se repitieron mecánicamente los procedimientos interpretativos sancionados tan sólo por coincidir con las escuelas cultural y políticamente dominantes. A finales del siglo pasado, el reducido círculo claustrofóbico de los gongoristas se amplió con desmesura, desparpajo e imprudencia. De la inercia se pasó a la inepcia.

Hace más de cien años se desprestigiaba a Góngora por incomprensible, lo que ocasionó que la principal directriz crítica del siglo XX fuera trabajar con denuedo en el esclarecimiento literal de su poesía. Se trazó de ese modo una avenida saturada de luces que dejaba al margen escondidas sendas, necesarios espacios para la reconstrucción cabal y tal vez imposible de un legado universal, no reductible a las claridades ni sometido a las falsillas.

Por todo ello no debe extrañarnos que hoy, cuando se debate sobre la existencia de la literatura universal y sobre el canon de la misma, se llegue a conclusiones que coinciden paradójicamente con los postulados de hace más de cien años, como si toda la investigación y crítica del siglo XX hubiera sido un trabajo baldío. Es lo que sugiere Jordi Llovet en una nota de periodismo cultural cuya conclusión, pese a su carácter generalizador, suscribo por su intención polémica y además ratifica plenamente estas reflexiones: “Uno ya no puede fiarse de las listas de libros más vendidos (antes al contrario, suelen ser los libros que no deben leerse); y será preferible con vistas al futuro de nuestra concepción de lo que es o deba ser literatura universal atender, sobre todo, a los valores de orden formal -y, como su sombra, también los valores cívicos y morales- de todo producto literario. Que un libro se haya traducido a cincuenta idiomas o que haya sido leído por millones de lectores, en el fondo tampoco le confiere hoy a ese libro categoría literaria universal: entonces no entrarían en el canon, ni por asomo, ni Góngora ni John Donne ni Mallarmé, por poner sólo tres ejemplos de monstruos literarios que casi nadie ha leído ni ha entendido jamás”. Tomen nota.