EL GÓNGORA VIVO

Dejemos algunas cosas claras. Libremos a Góngora de los tópicos y de los cuentos, de las columnillas ignaras y de los florilegios rancios. Miremos más allá de su sotana. No lo contemplemos como el más grande creador de esta Córdoba nuestra (eso lo arrincona), sino como lo que fue: el príncipe de los poetas de España, el más grande poeta que vieron los siglos. Libremos, también, a Góngora del Barroco, pues él simboliza, mejor que ningún otro poeta de su época, la disidencia con algunas de las constantes que han servido para definir ese movimiento literario, como, por ejemplo, aquella que nos habla de la degradación de lo humano y la repulsa del mundo natural. La tristeza y el gesto hosco no le cuadran a Góngora. En su poesía demostró amar la vida con intensidad. Don Luis estaba tocado por la gracia, un concepto clave desde el Romanticismo y, antes, medular para explicar su obra, que supo plantar en la literatura los resortes del humor y la ironía, aladas avispas picadoras.

La paradoja de Góngora es la siguiente: su poesía ha sido descrita e interpretada atendiendo fundamentalmente a determinados criterios vinculados a la artificialidad, como la sensualidad, la musicalidad y el colorido, pero la esencia de su arte se sustenta en una pulsión vital, en una idea del mundo y de la vida en que la realidad es contemplada con optimismo e ironía (epicureísmo, escepticismo, lucrecianismo y hasta cinismo), de una manera que simplificaríamos llamándola cervantina. 

A la luz de estas reflexiones, la tarea de estudiar de nuevo a Góngora en el siglo XXI resulta tan apasionante como lo fue rescatarlo de la incomprensión a principios del siglo XX. En ese camino crítico, los objetivos son muchos y, quizá, de todos ellos no sea el menos importante la revelación de su estética a la luz del realismo, a la manera de Cervantes (menos que a la de Lope o Quevedo), pero, del mismo modo, y como en Cervantes, a la manera de Velázquez, no sólo pintor de reyes y bufones, sino pintor también de esas dos operaciones aparentemente contrapuestas que son el acto de pintar y el acto real e ilusorio de contemplar un cuadro.